Soy Pablo Cardoza, nací en León, Nicaragua, una ciudad llena de historia y vida que, sin darme cuenta, empezó a formar mi sensibilidad artística desde muy pequeño.
Hoy, a mis 43 años, miro hacia atrás y entiendo que mi camino siempre ha estado guiado por la fe, el arte y el deseo profundo de contar historias.
Mi amor por el cine nació en la infancia, pero no en una sala de cine, sino en la iglesia donde personas participaban en socio dramas, y yo veía cómo, a través de pequeñas representaciones, se podían transmitir emociones, mensajes y verdades profundas. Ahí descubrí la actuación, y poco a poco fui sintiendo que ese mundo tenía algo especial para mí.
A los 21 años incursioné en la música. Grabé un disco y me aventuré a cantar rancheras, buscando mi identidad artística. Aunque fue una etapa importante, dentro de mí sentía que algo faltaba, que ese no era completamente mi lugar.
Fue a los 27 años cuando di un paso decisivo: escribí mi primer guion, Alcohol. Ese momento marcó un antes y un después en mi vida. Luego nació Sachel, y con el tiempo fui desarrollando más historias.
He escrito muchos guiones, y cada uno de ellos nace desde una fuente muy especial para mí: mi fe en Dios, el creador, quien considero mi mayor inspiración.
Estudié psicología, y esa formación me ha permitido entender mejor al ser humano. La aplico en cada personaje, en cada historia, buscando que lo que escribo tenga verdad, profundidad y conexión real con las personas.
Actualmente hago teatro, lo cual me mantiene activo y en constante crecimiento como artista. También sigo escribiendo y produciendo, trabajando de la mano con el actor Anielkar Castillo, basado en el trabajo en equipo y una visión compartida del cine.
Desde joven también escribía canciones, intentando encontrar mi camino en la música, aunque con el tiempo entendí que mi verdadera voz estaba en el cine y la escritura.
Las ideas, las historias, la inspiración… todo viene de Dios. Para mí, el cine no es solo arte, es propósito.